Sofi Cantilo

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Cuando me invitaron a participar en Vulcano Ultra Trail, nunca imaginé una carrera así. Sabía que, si bien tenía una sola edición en su haber -y la distancia de 80k era nueva-, sería "un carrerón", pues la organización tenía unas críticas impecables y corredores de la talla de Sergio Trecamán y Marlene Flores hablaban de una carrera tan dura como linda.
   Qué lindo saber que no me equivoqué. Todo, desde la planificación del viaje, fue perfecto. Hasta la escala en Santiago de Chile fue maravillosa, porque me di el lujo de encontrarme en el aeropuerto con mi gran amiga chilena, Paz Medeiros. El viernes a la mañana, Puerto Varas ya había sido tomado por los corredores. Fui a retirar mi kit, a la conferencia de prensa, y después hicimos unas tomas para el documental de VUT. Toda la gente amable por demás: los guardaparques, los organizadores de la carrera, el equipo de filmación, los chicos que estaban en la entrega de kits... Una clara muestra de lo que se vendría después en la carrera.
   Es rara la logística personal cuando una carrera larga a las 3am. Yo prefiero hacer una especie de desayuno, asi que comi un poco de pan con dulce a medianoche mientras chateaba con mi entrenador que estaba comiendo con mis amigos y, a la 1am, me fui al bus que nos llevaría a la largada, comiendo unos maníes. Es divertido ir mirando a los demás corredores, adivinar sus nacionalidades (me sorprendió la cantidad de países representados en VUT!), ver el contraste entre la excitación de algunos y el cansancio de otros, etc. Finalmente llegamos al lago Todos los Santos, donde nos recibieron con sopa, cafe, galletitas y tostados de jamón y queso. Un placer! Cuando llegó el momento de ir a la largada, casi que daban más ganas de quedarnos allí! 
   El amontonaniento detrás del arco me encanta. Sentir la energía de los demás corredores, casi poder sentir el palpitar de todos los corazones, la emoción... Y empezar a correr, los tobillos haciendo fuerza para traccionar en la arena, dejar atrás los gritos y el público y empezar a adentrarte en el bosque. El camino se afina, la arena no cede. Empieza la subida, suave pero permanente. Alguna planta que se cruza, una raíz. A saltar, esquivar. Calor. Como puedo, me saco la campera que, por suerte, me puse por encima de la mochila. Tropiezo con una piedra. Aparece otra. Y otra más. De pronto estamos corriendo entre rocas. La subida se va haciendo más empinada y el suelo cambia: la arena desapareció y ahora corremos sobre roca. Una especie de piedra pómez negra, húmeda. Patinosa.
   Toca comer, y el gel me da asco. De pronto, estoy al costado del "camino" (no hay camino) con arcadas. Aparece el recuerdo de la Endurance Challenge y, con el, el miedo. Respiro hondo. "Belly breathing", como dice una canción de Elmo que canto con mi hijo. Me relajo, y sigo. La siguiente traición vino de la mano de mis amadas Speedcross: los tapones parecen ruedas sobre esa superficie. Tengo que hacer mucha fuerza con los pies para no patinar, y bajar la velocidad.
   El terreno empieza a ceder. El ángulo de subida va empeorando, pero las rocas se van espaciando. Pasos chicos, peor firmes. Constantes. La hilera de luces que sube es eterna. De pronto, un respiro y un puesto de hidratación. Después, más subida. La montaña se va pelando y aparece a nuestra izquierda el Osorno, imponente, blanco, magnífico. La luna llena se asoma entre las nubes y, de pronto, hay luz. Amo esto. Soy feliz. Subimos y subimos. La luna desaparece y nosotros nos perdemos dentro de una nube. Se dejan de ver luces pero escuchamos las voces de los demás corredores. Aún vamos medio juntos. Así, llegamos al primer control: la cima Picada. No se ve nada. Literal. Los chicos de control nos dicen que vayamos derecho hasta abajo de todo. 
   Correr hacia abajo por arena vocálica, en medio de una nube, es una experiencia maravillosa. Vas cayendo en picada, hundiéndote en la arena, que te controla la velocidad. Lúdico, surreal. Tercera traición: una de las polainas se me rompe, y se me llena la zapatilla izquierda de piedras. Y, de golpe, la montaña se pela y empiezo a patinar hacia abajo. Consigo frenarme y escucho voces gritando que no hay marcas, ni camino. Que estamos en un cañadón que cae cada vez más duro y empinado, sin salida. Me muevo y empiezo a caer de nuevo. Miro hacia abajo y veo a varios chicos, todos inmóviles, como agarrados a la montaña. Cualquier movimiento, por mínimo que sea, nos hace caer. No sabemos cómo salir de allí. Ni hacia dónde. De más arriba, otros chicos nos gritan que tampoco ven marcas. Hacia ningún lado. Quiero subir, pero imposible: cada movimiento me hace resbalar y caer más y más. Alguien grita que hay que ir hacia la derecha. Casi abrazados a la montaña, y patinando ante cualquier descuido, nos movemos lentamente. Uno de los chicos me ayuda. Logramos pasar del otro lado, y seguir. 
   Había que llegar al k31,5, que estaba en el sector de largada/llegada. Quedaba un poco de plano y mucha bajada por el bosque, en algunas partes más técnica, pero en general suave, linda. Volver a la playa fue duro, un par de kilómetros viendo y escuchando la fiesta que allí había, pero aún lejos. Y más lejos cuando pensaba que aún faltaban 50k, y en lo duros que habían sido los primeros 30.
   Tratando de no pensar en eso, comí algo rápido, saqué las piedras de la zapatilla izquierda, y partí. Falso plano hacia arriba, por arena una pesada arena volcánica. Falso plano eterno, por arena y matorrales. Después, directamente subida. Larga, eterna. Cada vez más empinada. El camino ya está vacío. Hacia arriba, a lo lejos, se ve algún que otro corredor. Hacia abajo, lo mismo. Cada tanto, un banderillero de la organización. Es impresionante la buena onda que tienen todos. Debe ser por el lugar increíble en el que están esperándonos.
   El terreno vuelve a ponerse rocoso, y hace frío. El cielo está nublado y sopla el viento. Manoteo la campera, que la había dejado en un bolsillo de la mochila bastante a mano, y me la pongo por encima. Con las manos, me ayudo a subir. Hacia atrás, el paisaje te quita el aliento. Llego a la segunda cima, Vulcano. Me sellan el pasaporte, y empiezo a bajar, con cuidado, entre las piedras. Cada tanto, puedo correr por algún filo. Las nubes están bajas y cuesta mucho ver las marcas. Me resguardo tras una piedra a esperar a algún corredor. No quiero bajar mal, y que me vuelva a pasar lo de antes. Enseguida aparece un chico, y empezamos a bajar. El cañadón por el que tenemos que ir se afina, y las rocas dan lugar a arena volcánica. Puro placer. Me dejo ir, y disfruto. Alcanzo a un chico que va en unas especie de ojotas, al estilo Tarahumara. Se lo ve sufriendo, pasándola mal.
   Cuando estoy entrando al bosque, empieza a llover. Ya no tengo la campera puesta, y disfruto de las gotas pegándome en los brazos, en la cara, en las piernas. Como no estoy comiendo mis geles, salvo los G1 de Gatorade (pero que sólo tengo 2, así que los voy administrando), devoro como bestia cada vez que llego a un puesto, y me llevo algo de comida. La llegada todos los puestos es una fiesta. Como dije antes, todos –absolutamente todos los que estaban trabajando en el circuito-, te alentaban y te festejaban al pasar. Pero la llegada al 50 fue especial: después del puesto, había que correr 150mts al costado de la ruta, antes de empezar a subir por el monte. Había dos chicas marcando el lugar, que saltaban como locas cuando nos veían, revoleando en las manos falsas porras armadas con las cintas de marcación, y que nos acompañaban corriendo y gritando esos metros. Muerta de risa, le pregunté a un chico desde cuándo estaban así: desde hacía horas… Realmente unas genias!
   Quedaba sólo una cima más. Y subir, subir, subir. El terreno hasta la cima Verruga era técnicamente más sencillo que los otros: no había rocas grandes en las partes de mayor pendiente entonces, si bien era cansador, no representaba mayor dificultad. La lluvia había parado hacía rato, y el sol pegaba fuerte. Me emocionó llegar arriba y saber que, si bien era mucho lo que quedaba, las tres cumbres ya estaban adentro. Miré a mi alrededor, respiré hondo, y agradecí estar donde estaba.
   La bajada de la Verruga tenía la dificultad que no había tenido la subida. La bajada era por una cuenca seca, entre rocas, como habían sido las otras subidas. Venía bien, como solía correr antes, hace una vida, de menor a mayor. Me sentía fuerte y venía pasando gente. Me confié, y empecé a saltar entre las piedras. Acto seguido, le erré a una y caí con una de lleno sobre una roca. Sangre y dolor extremo. Más que dolor, impresión. La sensación de que se me había despegado una uña…
   Se acaban las piedras y empieza el bosque. Volvemos al puesto de las porristas. Placer, risas. Curita en la uña, me da mucho asco. Estoy desesperada por una coca, pero no hay más. La buena onda de todos hace que no importe. Sigo. Me siento bien. Me hace sentir mejor el sentirme bien. Círculo virtuoso.
   Entro en el bosque. Se vuelve húmedo, verde. Vegetación espesa. A pesar de mi nariz tapada, olores fuertes. Me siento Alicia, a través del espejo. Pienso en que quiero describirle ese bosque a una amiga en particular, que no corre, y no entiende mis fotos sucia, embarrada, lastimada. Pienso que, si estuviese en ese bosque, si viese esas plantas, si pisara ese suelo blando, si oliese esos aromas, si tuviese que saltar esas raíces, esquivar esas ramas y trepar esos troncos, entendería… Jugamos a ser niños, jugamos a ser libres.
   En medio de esa sensación feliz, aparece un puesto de hidratación. No entiendo, dado que mi gps marca 78,6k. Y me avisan que faltan otros 6,5. Me demuelo. Pero así son las carreras de montaña y eso es lo que siempre me gusta de la ultradistancia: el tener que sobreponerte a las dificultades que te plantea el camino y lo cierto es que, después de las tres “traiciones” del principio, el camino venía siendo muy benévolo conmigo.
   Me sobrepongo y sigo pasando gente, pero ahora ya son de otras distancias. Me sonrío al pensar que, desde la primer cima, me terminó pasando sólo una persona: Franco Paredes, que venía liderando los 64k. Los planos se me hacen densos, como siempre (como antes!) a esa altura de carrera. Me alegra reconocer el sentimiento. Me alegra reconocerme. Pienso en mi Niño. Pienso en cuando podamos correr juntos en los volcanes, como tanto quiere. Como tanto quiero. Y así, pensando en mi Niño de pelos locos, me enfrento al lago y llego a la playa. Último kilómetro, lleno de gente alentando. Emocionante. Feliz. Cierro los ojos y pienso en mi Papá. Cruzo el arco.

   
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En mi vida, sin dudas, los mejores momentos son los que comparto con #Niño. Como a todo padre le pasa, él es lo mejor que me pasó en la vida. Correr también es algo importantísimo para mi: empezar a correr fue la bisagra en mi historia; salir a correr, hoy, es mi momento de libertad, un rato de reflexión, un espacio de conexión conmigo y con mi cuerpo. Compartir el correr con mi hijo es lo que más se asemeja a mi paraíso.
El sábado pasado se corrió la Disney Magic Run (1k para los más petits), y allí fuimos con #Niño. El ya es "un experto" en running: corrió dos carreras de 1k el año pasado. Pero este año no pudimos ir a ninguna, y no sabía cómo iba a resultar.
La carrera era a las 16hs, así que almorzamos fideos con aceite y queso, y banana. Todo bien de runner, y mi hijo disfrutando como un loco de ese momento especial. Después, nos vemos los dos para la carrera: yo me puse la remera de mi team, Correrayuda, y el quería la misma. La suya ya le queda chica, así que le puse una mía, y partimos.
La cantidad de gente en Madero Este era monstruosa. Miles y miles y miles y miles de familias. Chicos por doquier, cochecitos, papás, mamás, tíos, abuelos... Una locura, en serio! Con #Niño entramos a la manga como pudimos, y esperamos. Por suerte, de laorganización repartían agua antes de largar, porque hacía MUCHO calor. Llegó el momento, pero era tal la cantidad de gente, que la marea humana no avanzaba. Esperamos y esperamos. Nos movimos a ritmo babosa hasta pasar por el escenario, donde estaban los personajes de Disney saludando. Después, finalmente, el arco de largada. 
Apenas lo cruzamos, y como si tuviese un resorte en las plantas de los pies, mi hijo se largó a correr. Pasaba entre la gente, esquivaba cochecitos, se daba vuelta (se llevaba puesta a alguna persona) y se reía. "Dale, Mamá!", me arengaba. Yo, emocionada, lo seguía.
Paró dos veces: una, a levantar unas piedritas; otra, a subirse a un banco para saltar. Ambas veces le dije que, si estaba cansado, podíamos caminar un poco. Como toda respuesta, me miró, y empezó a correr. 
Así, llegamos. Cruzo la meta riendo, y se colgó, orgulloso, su medalla. La usa todos los dias. Lo mejor, igual, fue antes de ayer, cuando me dijo: "El sábado podemos ir a otra carrera, Mamá?".

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Inquieta, su mente se puebla de historias su cuerpo el sólo memoria es eso que hay que sentir con Paciencia infinita…”
Los Tipitos, “Campanas en la noche”
Horacio Quiroga, en su Decálogo del perfecto cuentista, dice que no hay que escribir bajo el imperio de la emoción, sino que hay que dejarla morir, y evocarla después. Claramente, Horacio Quiroga nunca quiso relatar una carrera porque, a medida que pasan los días, las emociones se vuelven más y más intensas. O eso me pasa, al menos, a mí: con el correr de los días, voy recordando más y más momentos y sensaciones que fui viviendo a lo largo de las casi 31horas que me llevó hacer La Misión.
Quizás también sea porque La Misión no es una carrera “común”, y eso se vive en cada momento: quizás porque es la única carrera de 160k de Sudamérica, o por que sube cinco montañas hasta sus cimas y transita por sus filos, o porque recorre siete valles cruzando incontables veces los arroyos que los atraviesan.
Desde el momento de la charla previa, con el Guri haciendo chistes y las imágenes imponentes de las ediciones pasadas, los comentarios con otros corredores, los nervios… La preparación de la comida y las bolsas (con más comida) que iban a cada cantina, los elementos obligatorios y el equipo de carrera, los nervios… El desayuno previo, la elección de las zapatillas, las charlas con mi entrenador y con mis amigos, y más nervios… Y finalmente, la caminata hacia el arco, el chequeo, y la emoción total en mi cara, y en la cara los cientos de corredores alrededor mío. Sonrisas cómplices, manos apretándose, alguna lágrima.
Cruzar la Villa riendo, y pensando en el momento en el que des-andara mis pasos, mirar a la gente que está mirándonos, y cruzar palabras cómplices con otros corredores. Enseguida al camino, y empezar a hacer chistes con un grupo de chicos de allí, que estaba corriendo. Entrar al sendero y subir. Bajar el ritmo recordando que quedan más de ¡¡¡156!!! Km y aún queda mucho, pero mucho, por subir. Encontrar a un suertudo que va a ir a UTMB este año, y contarle todo lo que a mí me hubiese encantado saber antes de ir a UTMB. Ser feliz, recordando otros momentos felices. Olvidar lo pesado que se va poniendo el sendero, con tanta arena volcánica.
Todavía somos muchos los que vamos juntos, y los comentarios son variados cuando la arena va dejando lugar a las rocas, y la subida se pone más y más perpendicular al suelo (a un suelo “normal”, claro está). Soy inmensamente feliz de tener mis bastones conmigo, aunque de a ratos conviene dejarlos colgando y ayudarse con una mano. Por la arena y las piedras sueltas, el terreno invita a patinar. “Guarda, ¡a mirar bien!”, dice uno. Tiene razón, a los costados está el infinito.
Esta edición tuvo un cambio en el principio y final del recorrido respecto del 2012: se subía primero el Cajón Negro, y se bajaba a Villa La Angostura por el cerro Bayo. Así, la maravillosa bajada del Cajón Negro de la edición pasada, que yo recordaba como algo tan divertido y feliz, fue reemplazada por una súper técnica y rocosa, empinada. Mirar con cuidado el terreno. Cada tanto, levantar la vista y encontrarte con el paraíso. Subir al Buol. Sentirte en la cima del mundo. Comprobar, una vez más –como tantas-, que la Patagonia es el lugar más bello del mundo.
Volver al bosque, charlando con desconocidos de temas que cuesta hablar hasta con íntimos amigos. Así son estas carreras. Eso es lo que amo de la ultradistancia, cualquier otra carrera es demasiado rápida como para permitir estas licencias. Enseguida engancho a la chica que venía segunda en los 80k, y vamos juntas. Subimos, bajamos. Hablamos de nuestros hijos, hablamos de si queremos tener más hijos. Subimos, bajamos. Cruzamos arroyos. Subimos, bajamos. Pasamos el col Tres Nacientes. Subimos, bajamos. Pasamos el col Arroyo Bonito. Subimos, bajamos. Llegamos a Corral Redondo, donde la esperan su marido y su hijo. Me agarra un nudo en la panza, me emociono por ella. Cierro los ojos y pienso en mi enano blondo, en qué estará haciendo.
Empieza la subida al OConnors. Se acabó lo de subir y bajar. Ahora es subir, y subir, y subir. El terreno se semeja al de los médanos de Pinamar, pero con una “pequeñíiiiisima” diferencia de altura. Se torna pesado pero, cuando uno mira hacia atrás, el paisaje es increíble. Llegamos a un pequeño bosque, pero la subida, si bien amaina, no desaparece. Después: paisaje lunar. Arena, piedras, y la nada. Yo recordaba al OConnors como un cerro duro, todo de roca. Pero iba hundiéndome hasta los tobillos –y más- a cada pisada, y no entendía de dónde había salido toda esa arena… Correr por el filo era realmente impactante: entre el viento, las cadenas que había alrededor nuestro, el lago, y el Tronador inmenso, nevado, impactante, en frente, uno no sabía hacia dónde mirar. Y, encima, el atardecer. Crónica de un momento maravilloso, realmente…
Ahora, sólo quedaba bajar por el bosque hasta las afueras de la Villa, llegar al camino y empezar a encontrar gente que saludaba. Ya era de noche cuando llegué al Camp1. Todos los encargados de hacer los chequeos te recibían con una onda increíble y hacían chistes, y eso realmente te renovaba la energía. Comí una hamburguesa, recargué la mochila con agua, Gatorade y comida, me puse la remera de manga larga y los guantes, y sali. Quedaban varios kilómetros por la ruta, antes de encarar para el Buque.
El sendero que entraba en el bosque era una belleza, por lo que la linterna frontal me permitía ver. Cada tanto barría con la luz, y veía ojos que me miraban fijo desde entre las pantas. Traté de no barrer más. Mejor no saber nada, por las dudas. Al rato me encontré con Eduardo y Paul, dos corredores que estaban llevando un ritmo un poco más fuerte que el mío. Mi primer instinto fue dejarlos ir, pero después me di cuenta de que no me convenía quedarme sola a la noche, y apreté el paso.
Empezamos a charlar de carreras, como siempre: de edición pasada de La Misión y de UTMB (se ve que ambos eran temas obligados), de equipamientos, estrategias. Después, de la vida: Eduardo hablaba de su mujer con una admiración tal, que me hacía emocionar; y Paul me contaba cosas de sus hijos, como cuando fue al Aconcagua con una de sus hijas, y yo pensaba en si algún día podré hacer algo así con el mío… Así llegamos y pasamos Tapera Linda, y subimos al Col Estacas, con el viento y una helada terrible alrededor nuestro, pero entretenidos. Ellos salvaron mi noche, la pasé increíble a su lado. Y empezó a amanecer.
Hacía mucho frío y veníamos de mojar nuestros pies una y otra vez cruzando arroyos. Para evitar mojarme cruzando el Piedritas, quise inventar un camino por unas rocas que, obviamente, resultó infructuoso: terminé metida hasta la cintura en el agua. Empecé a tiritar y los dientes me castañeaban sin parar. Pensé que me iba a agarrar hipotermia, que la carrera se me acababa, ¡que tantas cosas! Pero tuve un lapsus de lucidez, y les dije a mis compañeros que me iba, que tenía que subir lo más rápido que pudiera, porque necesitaba entrar en calor. Y eso hice, a pesar de la enorme pendiente de la subida y del terreno. En la mitad de la subida alcancé a algunos corredores, y ahí me di cuenta de que Paul venía conmigo. Felicidad. Recién arriba, ya pasando el bosque, me abrí un poco la campera.
Empezamos a bajar y se veía el lago, se veía Traful. Casi se veía el Camp2. Pero la bajada era larga y, sobre el final, ya no habían marcas. Por suerte estaba Paul detrás mío, que sabía para dónde ir. Llegando a la Villa, nos encontramos con Gustavo Reyes, que estaba reponiendo las marcas que alguien había sacado. Eran las 8 de la mañana, y Traful parecía un pueblo fantasma. En el Camp2 estaban sólo los encargados y quienes preparaban la comida, pero igual la llegada fue una fiesta: sonrisas, energía, alegría. Comimos guiso de lentejas y de nuevo a recargar la mochila con agua, Gatorade y comida. Me venían molestando mucho las plantas de los pies, así que me saqué zapatillas y medias para sacudirlas, y me las volví a poner. Sabía que tenía ampollas, y los pies lastimados, pero prefería no verlos, que quedara en suposiciones y no realidades.
Salimos por la ruta, un poco trotando, un poco caminando. El camino se hacía largo, pero al lado de Paul pasaba más rápido: me contaba de otras carreras, de los IMs que había corrido, de su mujer, de sus hijos. Entre que era altísimo, y que su hija más grande era dos años más chica que yo, como que me sentía súper protegida a su lado. Pensaba en mi Papá, y en cuánto me hubiese gustado compartir algo así con él. Ya entrados en el bosque de nuevo, a mi los pies me molestaban cada vez más, pisar me era una tortura. Paul, en cambio, seguía bien, pero me iba esperando. Le dije que se fuera, pero no había caso, se quedaba. Tuve que insistirle, hasta que entendió que es así: somos compañeros de ruta el rato que podemos, pero después cada uno tiene que hacer su carrera.
El bosque se me hizo realmente interminable. Todo el tiempo escuchaba voces detrás de mí, pero me daba vuelta y no había nadie. También sentía pisadas… Las plantas de los pies me dolían muchísimo, y cada arroyo que había que cruzar lo sentía tortuoso. Pero esos son, precisamente, los momentos que valen en la ultra distancia: los momentos de sufrimiento corporal y quiebre mental, en los que hay que sacar fuerzas no se sabe bien de dónde, y seguir. Hay que conectar con cada fibra del cuerpo y tener mucha paciencia, y seguir adelante. Dar un paso más, y un paso más, y un paso más. Y aliarse con el dolor.
Llegar a la base del Bayo fue alucinante, me recibieron entre saltos y gritos, y eso era exactamente lo que necesitaba: energía en su máxima expresión. -Tenés 1h20’’ hasta arriba, por el camino.
-No, no. No puedo pisar, me duelen mucho los pies.
-Bueno, entonces 1h30’’.
-¡No! ¡Más! ¡¡¡Te digo que no puedo pisar!!!
-Mirá el reloj, y mañana me decís.
Creer, o reventar: 1h30’’ después, pasaba el control de arriba del Bayo y me iba, por el filo, hasta la cima. Impresionante, el mundo era mío: hacia un lado, por donde tendría que bajar, nadie: hacia el otro, por el camino por el que había subido, tampoco. Estaba completamente sola…
Empecé a escuchar, a lo lejos, el ruido de un helicóptero. Cada vez más y más fuerte, hasta que apareció frente a mi. Sentía el viento de la hélice, podía ver a la gente que se asomaba filmando y sacando fotos y, sabiendo que se trataba de Martín Papalía y Diego Costantini, los saludaba desesperada con los bastones. Me agarró una emoción enorme, y empecé a lagrimear.
Me quedé sola para bajar. Lo peor de todo era que entre la arena escondían algunas piedras que, cuando las pisaba, me hacían ver las estrellas. Finalmente, el bosque. Empecé a decirme a mí misma que no me excitara, que aún faltaba mucho. Guardé los bastones, ya no los necesitaba porque no quedaban subidas, y para bajar me molestaban. Todo el tiempo trataba de reconocer el camino, pero nada. Apareció un cartel que decía que VLA estaba a 30’. De nuevo calmé mi cabeza: “No, faltan 40’, y eso para llegar al camino”. Y así, el en una curva, el camino me sorprendió.
Me olvidé totalmente de la planta de los pies, y empecé a correr. Me sentía liviana, floja, feliz. De pronto me acordé que el camino era largo, y pensé en caminar un poco por las dudas, pero enseguida me di cuenta de que era un disparate: realmente me sentía bien, además, cuanto más rápido fuera, antes terminaría, así que me solté más. Y llegué a la calle principal de la Villa, empecé a correr por la calle, al costado de los autos, y la gente se sorprendía al verme. Del local de Aquiles, todos runners, salieron a gritarme. Felicidad pura. En la esquina del ACA, a doscientos metros de la llegada, apareció un ex compañero de entrenamiento que ahora vive allí. Emoción total ver una cara conocida y agarrar la remera de mi grupo. Me gritó que lo tenía a Marcelo Perotti, mi entrenador, en el teléfono. De golpe me sentía haciendo una pasada de 100. MISIÓN CUMPLIDA.
Con el correr de los días, todo va pasa: los pies vuelven a su tamaño normal, los tobillos se deshinchan. Las ampollas se curan, las uñas se caen y dejan de molestar. Cada músculo se recompone. Lo que no pasa nunca, la alegría de compartir tantos momentos con personas que no son parte de nuestra vida, y sin embargo la tocan de una manera tan especial, los paisajes que quedan marcados en nuestras retinas para siempre, la sensación de haber sido capaces de superar cada obstáculo del camino, emoción de haberlo logrado…
Somos unos privilegiados.
 sofipodio

Q ES LA MISION


La Misión, una autentica aventura,  la carrera de Trekking o Ultra Trai más espectacular y apasionante de Sudamérica y única en el mundo por su formato de expedición de 160 km y 8500 metros de desnivel acumulado en cuatro días y tres noches non stop!.

La esencia y el espíritu de “esta”carrera tiene que ver con la extraordinaria experiencia que se vive durante esos cuatro días y tres noches caminando por los más espectaculares paisajes de la Cordillera de los Andes, en plena Patagonia Norte de la Argentina.
La Misión es una carrera que se corre en libertad porque como no hay horarios de cortes, cada uno elije su ritmo de marcha y elije donde para a  acampar para dormir. Una persona puede completar todo el recorrido solo haciendo trekking y parando a dormir las tres noches.


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   Toda carrera es fuerte, y toda carrera deja una marca en nosotros, no tengo dudas de ello. De cada carrera podemos contar una o mil historias, y los pasos que vamos dando dejan más huellas adentro nuestro, que en los senderos. Siempre supe esto, y por ello me enamoré del running. Pero igual no esperaba que esta edición del Cruce de los Andes me impactara de esta manera.
    El 2013 fue un año demasiado cargado desde lo personal, y esa carga bloqueó mi entrenamiento. De pronto me encontré revisando mil aspectos de mi vida, y tuve que rearmarme desde otro lugar. Finalmente, sobre diciembre, recupere esas ganas inmensas de correr, de entrenar, de comerme al mundo. Y empecé a renacer desde las cenizas.
    El Cruce de los Andes me agarró así: con mucha energía y poco entrenamiento, y con una compañera fuertísima a la que casi no conocía y con la que no compartíamos ni siquiera el mismo idioma, y nos costaba mucho entendernos.
    Con mi compañera, la brasileña Cilene Sophya Santos, nos conocimos en la edición del 2013 del Cruce, corriendo en contra. Si bien compartimos poco, nos llevamos bien. Debo confesar que yo estaba obnubilada por esta mujer altísima, de cuerpo escultural, morocha de ojos verdes, que encima era una bestia en la montaña.
    Y así nos lanzamos a compartir esta aventura, las dos buscando hacer la mejor carrera posible, tratando de conseguir un lugar en el podio, pero yo sintiéndome muy lejos de un buen momento deportivo.
    Sin embargo, desde el primer encuentro, me sentí súper unida con Cilene y contenida por ella. Al principio de la primera etapa, momento difícil para mi, que me cuesta entrar en ritmo, cargó mi mochila arriba de la de ella, y fuimos. Cuando nos agarró el viento helado sobre el filo de la montaña, iba tranquilizándome. En el bosque, nos encontramos con Marcelo perotti, mi entrenador, y su compañero Cano. Fue increíble verlos, compartir esos ratos con ellos. Y, llegando al final de la primera etapa, nos encontramos con otros dos queridos amigos.
    Cuando encaramos por la calle hacia el primer arco, me sobrepasó la emoción: cada cosa vivida en el 2013 se me vino encima y se me hizo un nudo gigante en la garganta. Cilene se dió cuenta, y me dijo que respirara hondo. De la mano, cruzamos el arco. Nos abrazamos y sólo atiné a decirle "gracias, gracias". En esos 40 kilómetros al lado de ella, había recuperado todas mis ganas, toda mi garra.
    La segunda etapa fue bastante tediosa, con mucha calle, y muy accidentada. Pero a mí (a la "vieja Sofi", esa que empezó a volver el día anterior), los accidentes me benefician: mi cabeza dura estaba de vuelta ON, de pronto, hacer 11kilómetros de más no me parecía tan grave, y pude darle una mano a mi compañera. Un gran regalo de esta etapa era el cruzarte con amigos en las partes por las que se iba y venía y, para mi, no hay premio mayor que cruzar la mirada con esas personas que te marcan el alma cada día. Cilene iba sufriendo mucho con la distancia extra y yo, que por mi tamaño no la podía ayudar mucho desde lo físico, le iba diciendo pavadas que la hacían reír. Cuando finalmente apareció el segundo arco, nos abrazamos y corrimos a el, de nuevo, de la mano. Allí nos esperaban Marcelo y Cano, más emoción compartida...
    El tercer día yo estaba helada. No sé si por que me había llovido sobre mi bolsa de dormir dentro de la carpa, o por qué, pero arranqué congelada. El sendero era chiquito e iba subiendo, hasta que llegamos a unas pistas de esquí. Después de unos seis o siete kilómetros subiendo, llegamos a una cima que estaba envuelta en una niebla pesada y blanca, que contrastaba fuertemente con el negro de la arena volcánica del suelo. Arriba, el viento era helado, pero de golpe dejé de sentir frío. Empezamos a bajar corriendo así, en dirección a la nada, directo al medio de esa nube blanca. De la nada, me agarró una emoción fuertísima, se me vino de nuevo todo el año pasado encima y, no sé por qué, sentí que mi Papá estaba conmigo. En ese mismo momento, Cilene me llama, y veo que estaba igual de emocionada que yo. Se nos caían las lágrimas, y nos empezamos a reír. Nos dimos la mano y bajamos juntas, corriendo, riendo, llorando... Fue un momento increíble, una conexión demasiado intensa con mi compañera y conmigo misma.
    A mi entender, de ESO se trata el Cruce de los Andes: de abrir los ojos y mirar. Mirar el paisaje, sentir la energía de las montañas. Mirar a la persona que tenemos al lado, de conectar con lo que le pasa. Mirar adentro nuestro y conectar con lo que NOS pasa. En la vida diaria estamos siempre corriendo de acá para allá, o estamos contaminados por miles de estímulos externos que nos distraen de lo que es verdaderamente importante: lo que sentimos y las personas que llevamos dentro nuestro. Para mi, el Cruce de los Andes es eso: olvidarte de todo y volver a lo basico: la naturaleza, los afectos y vos.
    Todo lo demás -las caídas, los golpes, el frío, la lluvia-, queda en el anecdotario. Adentro tuyo quedan las risas con amigos, las miradas cómplices con tu compañero, el agradecimiento por cada vez que te ayudaron y la satisfacción de sentirte útil cada vez que pudiste dar una mano.


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Y aquí estamos, finalmente, en Gales. Aún no estamos todos: faltan Pablo Barnes, que viaja desde Italia y llega mañana; y Lauri Lucero, Laura Muñoz y Sergio Trecaman, que tuvieron un problema con el pasaje, y también llegarán mañana. Ahí sí, finalmente, todo empezara a cumplirse!!!!
Nos encontramos en el aeropuerto de Londres Gustavo Reyes, Nelson Ortega, Adriana Vargas, Analia Razzetto, Francisco Gatto (presidente de la Asociación Argentina de Ultramaraton) y yo, y viajamos a Llandudno (al norte de Gales) en una camioneta alquilada y manejada por Francisco. 
Llegamos justo para dar una vuelta, y comer (1830hs!). Después de comer, nos pusimos nuestros uniformes de carta, y salimos a trotar.  La idea era hacer algo suave y bien tranquilo, pero enseguida todos empezaron a querer ir para arriba, y a mi me agarro un stress impresionante porque el plan de Perotti decía 45' suaves, y yo ODIO salirme del plan. Ademas, ayer estuve con fiebre y no queria exigirle nada al cuerpo. Subimos por al lado del mar, saliéndonos de la Bahía en la que esta Llandudno, y de pronto aparecimos por un Trail en el que nos encontramos con un corredor Escocés que nos dijo que unas marcas que había sobre unos palitos, eran marcas de la carrera. Mucha emoción. 
Si bien la vuelta fue corta, los lugares por los que pasamos eran impresionantes. Algo curioso de este lugar es que en el mar, afuera de la bahía, hay molinos de viento. Con el sol poniéndose en frente a ellos, quedaban lindisimos. La verdad es que, como siempre, correr fue lo mejor que pude haber hecho!!!!
Ahora estamos todos en un living del hotel, charlando y "conectandonos". Mañana me espera un día tranquilo, ya no se entrena, pero se pasea. Y llegan mi amiga Laura y el resto del equipo. No veo la hora de que estemos todos juntos!!!!
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De cara al Mundial 2013 en Gales, cuatro de los integrantes de la seleccion -Gustavo Reyes, Nelson Ortega, Laura Lucero y Laura Muñoz-, están organizando dos jornadas de entrenamiento y charlas para deportistas. Tuve la suerte de ir a un Camp de entrenamiento a cargo de Nelson y Gustavo a fines del año pasado, y la verdad es que fue una experiencia única. No sólo se aprende mucho, sino que tener la posibilidad de compartir sesiones de entrenamiento con ellos y con corredores amateurs de todo el país es súper enriquecedor, en todo sentido.
Lo súper recomiendo para este fin de semana largo! A mi me encantaría ir, pero la logística familiar no es fácil, menos que menos a tan poco tiempo de "fugarme" para ir al Mundial...!
A margen de que lo que están haciendo los chicos me parece buenísimo, me choca bastante que se tengan que realizar estas acciones para conseguir los medios para ir a una competencia oficial, representando al país... La burocracia tiene unos tiempos que no son los del deporte: con más de un año de anticipación NO se puede elegir un seleccionado. Si bien creo que se puede tener un buen equipo armado unos meses antes, un año me parece una bestialidad. Y esa es la única forma de tener una chance de conseguir apoyo oficial...
En este margen, en el que los sectores privados también apoyan muy poco, fue increíble recibir el apoyo de Neuralsoft, una empresa de soluciones informáticas, cuyo CEO se comunico con Gustavo y conmigo ofreciendo su apoyo. Tuve la suerte de intercambiar algunos mails con el, y la verdad es que emocionaron muchas de las cosas que me dijo. El lema de la empresa es "Neuralsoft es querer crecer". La verdad es que siento un paralelismo enorme con ellos, dado que nosotros buscamos lo mismo: crecer cómo deportistas y hacer crecer esta disciplina dentro de nuestro país. Marcar un camino y así lograr que, para las generaciones que vienen, sea más fácil. Hay un semillero enoooorme en Argentina, y un talento especial. Que los chicos vean hoy que SE PUEDE, y le pongan todas las pilas a su desarrollo, para poder convertirse en grandes atletas. 

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Ya pasó casi una semana de los 100k de Patagonia Run. Les dejo mi relato en Trail Running Argentina, donde cuento toda la aventura de lo que fue una maravillosa carrera.
Link a la crónica: http://www.trailrunargentina.com.ar/todo-valio-la-pena-100k-de-patagonia-run-por-sofi-cantilo
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La carrera empezó el viernes 4 de diciembre en la charla previa en el local de North Face. Por más que los personajes que iban a estar me re divertían, prefería quedarme descansando en el hotel. Pero Sátur tb estaba copado con la idea, así que me dio no sé qué y allí fuimos.
Los personajes:
-Nick (encargado del recorrido/organizador de la carrera).
-Lizzie Hawker, atleta North Face, campeona miles de veces. etc.
-Amy Palmiero Winters, una mujer que tuvo un accidente en moto y, después de 27 operaciones, le tuvieron que amputar su pierna izquierda. Igual, es ultramaratonista de montaña!!!
-Allen Yip, el mega trainer de North Face (que dijo que para correr trail running hay que entrenar en trails... Ese hombre NO conoce AM/PM!!!!!; por suerte Amy lo bajó de un hondazo diciéndole que ella entrena subiendo y bajando escaleras en NY!).
-Dean Karnazes, el hombre que a sus 30 años empezó a correr y no paró más. Hizo 50 maratones en 50 días consecutivos en USA, miles de ultras, y es autor de "Ultramarathon Man" entre otros libros. Fue nombrado por Times como una de las 100 personas más influyentes.

Con Dean Karnazes

La charla fue alucinante pero, cuando fuimos a comer a las 8 y media de la noche yo estaba bastante estresada. Tenía que tomar el desayuno a las 3am y largar a las 5.
Comimos pizza & ñoquis y a la cama.
3.08am me traen el desayuno. Me visto (top blanco; calza negra con banderas argentinas a los costados & el logo correrayuda en la pata & la cola; remera argentina con logo de carrera, logo correrayuda), preparo Camels (uno dejé congelándose para mandar a un puesto de hidratación a la mitad de la carrera) y partimos.
Ya estaban Hugo & Gaby, muy preparados. La carrera se atrasó 15 min, así que 5.15 largamos en medio de la oscuridad con linternas frontales obligatorias ON. A los 5 min de largar, empezamos a subir, y subir, y subir. Cuando parecía que ya estaba, doblaba y seguía subiendo. Más de 30 min.. Igual, llegué al 1er puesto de hidratación a los 49.55 (promedio 5, y sentía que iba a un ritmo bueno, pero relajado.
Y ahí empezaron los problemas: llegamos a una bifurcación donde había una flecha que apuntaba a la derecha y varios tipos que nos decían "a la izquierda y a la izquierda", Enseguida había otra bifurcación, así que tomamos a la izquierda de nuevo. A los 4/5 minutos, llegamos a un playón donde había una chica de la organización que se pone a alentarnos como loca. No se veían marcas, así que le pregunto para dónde hay que seguir. "Ah, no sé, acabo de llegar", me contesta. "La largada está a una milla, milla y media por ese camino, vayan a preguntar". Imagínense mi indignación... Así que, con el grupete con el que estaba, volvimos por donde habíamos venido hasta la 2da bifurcación, y ahí tomamos para el otro lado (se veían ya varios corredores yendo por ahí).
A los 10/15 minutos del episodio, doblamos a la derecha y encaramos una subida terrible. Bajo el ritmo a un trote muy suave. Llegamos arriba, una vista impresionante del Golden Gate y, a lo lejos, las luces de San Fran, agradezco inmensamente por disfrutar de ese momento; el camino se mete en un bosque, y vemos que vienen varios corredores de frente. MAL DE NUEVO!!!!!!!!!!!!!!!!! No les puedo explicar mi bronca/mal humor!!!!!! En menos de 30 minutos, 2 perdidas. Para que se den una idea, tardé 1 hora del puesto de hidratación 1 al 2, y el 2 estaba a 5km del 1, por un terreno similar.
Cuando llegué al puesto 2 ya estaba bastante claro, así que dejé mi linterna y seguí. A medida que iba amaneciendo, el camino se ponía increible: todo el tiempo mirando al Pacífico, con unos acantilados y rocas inmensas, la verdad es que era simplemente "breathtaking". A todo esto, no habían momentos planos, era una constante subir y bajar. Aunque me sentía fuerte, iba siguiendo los consejos del profe, y cuando las subidas se ponían bravas, trekkineaba (con ganas, pero trekking al fin) y en las bajadas me dejaba caer.
Las salidas al mar eran impresionantes, íbamos corriendo a la par del mar pero el terreno se complicaba: empezamos a bajar por un sendero finito medio rocoso y con una mini grieta en el medio. Ahí dejé de mirar para el costado y puse toda mi atención en mis pies (todos conocen mi torpeza característica!).
Todo lo que baja tiene que subir, así que después de unos 100/150 metros por un pueblito, nos mandaron a un sendero que iba subiendo una montaña. No era empinadísimo, pero era eterno. Mi pensamiento fue: "no es tan difícil como para hacerlo caminando, y además voy a perder demasiado tiempo; mejor el trote suavecito de Marcelo". Y así fue. Casi una hora seguida subiendo, pero la verdad es que venía disfrutando a full. Tanto es así, que llegué a "mi muro" (las 3 hs para mí son fatídicas, pero una vez que las paso ya está) sin darme cuenta. De golpe miré el reloj, y llevaba 3 horas 23 corriendo. Un flash!!!
Llegué al puesto de hidratación de Stinson Beach a las 4hs y monedas de carrera, justo cuando Sátur estaba largando la suya. Era un punto clave, porque hasta ahí iba el andando en bici cuando vivía en San Fran y le llevaba ese tiempo. Tb era el puesto de hidratación previo al de la mitad de la carrera. Ahora voy a hablar de los "AID STATION"; tenían DE TODO, pero de todo en serio: sándwiches, pollo, penaut butter, mermelada, skittles, pretzels, papas fritas, gomitas, geles marca ACCEL, gatorade, agua, coca, una fanta rara y sales NUN. Yo tomaba gato y seguía, tratando de parar lo menos posible. En mi mochila llevaba más gato & geles, y en el puesto de Stinson (por donde teníamos que pasar de nuevo) había dejado otra mochila con gato congelado & el resto de los geles.
Sigo: del puesto de Stinson nos marcan una caída a un sendero en medio del bosque. Y empezamos a bajar y bajar y bajar... El lugar era divino, lleno de plantas, árboles, lianas; pero tambien troncos que se cruzaban a la altura del cuello, raíces que atravesaban el sendero, pozos, grietas y barro. ¡Ideal para mi! Para mi sorpresa, bajé bien. De a ratos aparecían unos especie de escalones armados/desarmados con troncos que estaban súper patinosos y mohosos, y ahí frenaba, trataba de agarrarme de algo y bajaba tranquila. De golpe escucho que alguien dice "La fiesta se terminó", miro para adelante, y veo que empiezan de nuevo las subidas.
Me acordé de algo que había dicho Lizzie (la atleta North Face) la noche anterior: "Hay un punto en la carrera en el que tu cuerpo está agotado y la cabeza también se te cansa. Ahí hay que correr con el alma y con el corazón". Y le puse todo.
Ahora era un sendero muy muy finito que iba de a poco trepando. A los costados no había nada: una pared de pasto/paja hacia arriba y otra hacia abajo. El sendero, además de finito, tenía grietas y era medio irregular, por lo que iba con cuidado. Cada tanto se metía en el bosque (no sé de dónde, pero 2 veces ahí aparecieron bosques), seguía. De pronto veo que un tipo viene corriendo para mi lado, no se imaginan mi susto. "¡Nos equivocamos de nuevo!", pensé. Amago con preguntarle, pero no me dice nada. Al toque viene otro, pero me dice "Good job!". OK. Aunque parecía una locura por el tamaño del sendero, por ahí se iba y se venía. Ahí me crucé con la primera y la segunda mujer (iban súper separadas) y yo pasé a varias. Hasta que... EN UNA CURVA SEGUÍ DERECHO!!! Si, así como se lee. No se veía a la gente porque la montaña doblaba (salía una cima para un lado y otra para otro) y yo me fui a la que estaba mal. Como eran curvas, no me preocupaba no ver a nadie (de hecho, como éramos sólo 250, miles de veces iba sola). Las cintas tampoco me preocuparon, porque no estaban puestas cada 50 metros, como decían, en ninguna parte del recorrido; y encima tuve tanta mala suerte que, por donde fui, había unas cintas naranjas en el piso (después, mirándolas bien, decían "no cruzar" y eran viejas). Lo que sí me preocupó, al ratito, fue que no viniese nadie más de frente. Entonces me di vuelta y vi que, por la "montaña" de enfrente, iban los corredores.
Ay, no les puedo explicar mi bronca!! Mi primer pensamiento fue "Fue, yo bajo por este lado y me voy a la playa, de ahí veo qué hago". Pero enseguida pensé en Sátur, y que no podía no terminar la carrera POR ÉL. Él me tenía confianza ciega, ¿qué le iba a decir? "¿Me perdí y me volví?" Looser total. Emprendí la vuelta. Tuve que trepar como una cabra todo lo que había bajado. Volví al cruce y vi, a lo lejos, a una chica que había pasado hacía como 50 minutos. Me quería matar. Odié la carrera. Me acordé de Marce, que dice "son cosas que pueden pasar en carreras de aventura". "Pero no tanto, no en mi debut, no en la carrera con la que tanto soñé, no cuando hice un viaje infernal por esto!!!!!", pensé.
Antes de llegar al puesto de hidratación pude volver a pasar a esa chica, y allí vi a otra que tb había pasado antes. En los puestos, los de la organización te recibían con miles de elogios y gritos de aliento. Yo llegué indignada diciendo: "Díganle a Nick que su recorrido está mal marcado". Metí dos geles en la mochila (que nunca había probado, pero si no llegaba sin comida al puesto donde estaban los míos por la perdida) y partí. Seguía bien, pero con un mal humor imposile, tremendo. Tenía un nivel de frustración altísimo, no podía creer que lo que tanto había esperado saliese tan mal (pobres Gaby & Hugo, tuvieron la mala suerte de cruzarse conmigo en ese momento!!).
Justo antes de dejar de compartir el senderito con los que iban, me crucé con Amy, la chica de la pierna. "Hey!", me dice. "Me perdí 3 veces, no lo puede creer", le contesto. "Venís bien, fuerza!". Y ahí caí... Caí que estaba siendo una mocosa idiota, que Amy pasó por VEINTISIETE operaciones, igual perdió su pierna, y aún así corre ultramaratones de montaña; y yo me estaba quejando porque me había perdido TRES veces, en la carrera más importante de la distancia, en el lugar más lindo del mundo. Enseguida la cabeza me hizo click, y me metí en el bosque FE-LIZ.
Como dije antes, uno de los problemas del tiempo que perdés al perderte, es la comida.  Hice una mini evaluación de riesgos de probar un gel nuevo en carrera (que me explote la panza versus quedarme sin energías) y decidí confiar en mi estómago a prueba de balas. El gel era horrible (parecía un caramelo de dulce de leche pegajoso y feo), pero el estómago no me falló.
Bosque, más boque, raíces miles, supuestos escalones de troncos mohosos, bajadas eternas. Entonces de nuevo a subir, pero por una colina/pastizal, hasta el puesto de hidratación donde tenía que hacer el cambio de mochila. ¡Para qué! Como era invierno, y las cosas estaban a la sombra, la mochila no se me había descongelado. No lo pensé ni un minuto, les di el camel que tenía conmigo a los de la organización para que me lo llenasen, saqué los geles de repuesto, los cargué en mi camel y seguí. Sabía que ese puesto era la milla 30, así que me quedaban 32km, cosa que no me parecía para nada grave, es más, lo veía como algo cerca de la meta.
Ootro bosque. Los olores eran impresionantes, iba con todos los sentidos conectados con el ambiente, muy loco. En eso paso un cartel de "Cuidado con los osos", y no sé por qué me acordé de Disney y de Bambi, de esa leyenda que dice que se inspiró en los bosques de Bariloche para hacerla. Digo "leyenda", porque mientras corría por Muir Woods me avivé de que Disney se inspiró en ese lugar (está LLENO de osos, coyotes y... CIERVOS!); es más, Disney vivía en San Francisco, por lo que seguramente haya ido muuucho a esos bosques.
Salimos del bosque, cruzamos una ruta, y aparece el siguiente puesto de hidratación. Entre que no soy buena haciendo cuentas, y mi mezcla de millas y kilómetros, no tenía idea ´cuánto faltaba. Ahí lo paso a Sergio, un chico argentino, y le pregunto. "Más o menos 14/16 millas", me dice. "Ahh, una Nike", pienso. "¡Esto es una papa!" (vean lo mala que soy en matemáticas: una Nike tiene 21k, y esto eran 25, pero bueno...).
Entramos de nuevo en el bosque. Yo iba con un asiático y una rubia. Empieza una subida brava, y la chica iba con todo. Yo preferí guardarme porque todavía quedaba mucho por delante (igual, no se imaginan la bronca que me daba verla irse).
Salimos del bosque y aparece el mar: acantilados impresionantes, playas. Empieza a aparecer gente caminando, paseando a los perros. "Ya está, estamos cerca de la civilización de nuevo", pienso. Aparece el siguiente puesto de hidratación, restan 11 millas de carrera para los de 50millas. "¿Por dónde seguimos?", pregunto. La chica me señala con la cabeza al costado: un sendero de ripio con una inclinación TERRIBLE. El asiático me dice: "Esto es cruel; esto no es humano". Trekkineo con fuerza. La cima está lejísimos. Y, cuando llego, el camino se separa: los de 50k para la derecha, donde la subida se ponía recta; y los de 50millas a la izquierda, para donde la subida seguía, y seguía, y seguía. A ponerle garra! Cuando la subida amainaba un poco, trotaba; pero me empezó a pasar algo que jamás me había pasado antes: me dolían los codos. Ahí volví a agradecer haber ido la noche anterior a la charla: en un momento, Dean dijo: "La gente tiende a huir del dolor, a tenerle miedo. Pero nosotros, los ultramaratonistas, sabemos que siempre, en algún punto de la carrera, vamos a sentir dolor. Y ahí no podemos huir. Tenemos que abrazar el dolor (We have to embrace the pain)". Entonces empecé a decir para mis adentros: "EMBRACE THE PAIN, EMBRACE THE PAIN", a repetirlo como un mantra. Fue casi milagroso, me olvidé del dolor.
Llegamos arriba y la vista era realmente impresionante: para la izquierda se veían los valles y más adelante la bahía; y hacia la derecha se veía el mar. De ese lado, pero adelante y lejos, podía ver Rodeo Beach, una playita que está ubicada en el valle anterior al de la largada/llegada. Estaba LEJÍSIMOS. "Ojalá vayamos hacia el otro lado, y que haya algún tipo de atajo que no conozco hasta Fort Barry", pensé. ¡Qué esperanza! Para el lado que íbamos era más largo, pero en ese momento por suerte no lo sabía.
La bajada era dura, me dolían mucho las uñas de los pies (especialmente la que perdí hace un par de semanas, porque había un pedacito de uña que todavía no se me había caido que estaba medio flojo y me molestaba mucho), y ni hablar de las piernas. "Embrace the pain, embrace the pain", me amigué con el dolor. De golpe empecé a ver casas muy abajo a la izquierda y miles de veleros en un embarcadero. "Wow, no puede ser Sausalito", pensé. Pero era. "Ahí está mi hotel, qué ganas de ir allá! Tan cerca pero tan lejos! ¿Lo llegaré a ver?".
Al asiático ya lo había dejado y ahí apareció mi nuevo compañero de ruta (que salió primero en su categoría): este subía como un animal, nunca vi algo igual; pero en el plano y en las bajadas lo dejaba atrás.
Y llegamos al siguiente puesto de hidratación, donde cometí el peor de los errores que se puede hacer en una carrera: preguntarle a los que están ahí cuánto falta. La mujer me dijo que quedaba 1.6 millas. Le pregunté de nuevo, y me lo reafirmó. Por suerte algo en mi cabeza me decía que estaba errada (yo calculaba que debían faltar más o menos 10k, y tenía razón, porque faltaban 3.2millas para el siguiente puesto de hidratación y 2.8 más hasta la llegada), así que seguí regulando el paso aunque la duda me molestaba, porque no sabía si tenía que dejar el alma en esa subida o no. El sendero ya se había vuelto a juntar con los que corrían 50k así que había más gente, a la que generalmente iba pasando. El sendero se puso más plano cuando se metió en un bosque (pero ahora el camino era amplio y el terreno liso) y empecé a correr, abrazando el dolor. Me encontré con mi compañero, que me había dejado atrás en la subida. "Siempre que se puede correr, me ganás", me dijo. "Pero vos trepás como una cabra", le contesté. En eso, otra subida y me quedé sola de nuevo.
Se acaba el bosque y aparece el último puesto de hidratación. "Bien, bien, se te ve fuerte", me dicen las chicas. Agarré dos vasitos de Gatorade y seguí. Ahora era bajada y sabía que no faltaba nada, así que me solté. Cuando se en camino se ponía más plano, no me importaba nada y seguía corriendo. Y en las subidas también. Fue como si me hubiesen dado un shock de energía. Trataba de anticipar el recorrido, de ver las casitas de Fort Barry, pero nada! Bajamos del camino y nos metemos en un sendero mini que atravesaba unos pastizales. Ahí veo a un chico parado, y por un minuto creo que es Sátur. Se me hizo un terrible nudo en la garganta, y por suerte no era porque creo que me ahogaba... El joven re buena onda me alienta, que no faltaba nada (pero el camino volvía para atrás).
Aparece la ruta y un chico de la organización que me dice que la bordee. Paso a mi compañero y le digo que vamos, que ya estamos. Veo unas casas más adelante y pienso: "Fort Barry, ya está, llegué!!!"; pero no me hacen cruzar la calle, sino que me dicen que siga... ¡Qué desilusión! Y cuando finalmente me hacen cruzar la calle, me dicen que doble hacia la izquierda. "Uff, ahora me van a hacer dar un vueltón antes de ir a la llegada", pero igual no bajé el paso. No way, ya estaba, ahora era llegar o morir en el intento. No se imaginan mi sorpresa cuando doblo y veo a Sátur que me grita a menos de 100 metros, y que a menos de 200 estaba la llegada. No puedo explicar los miles de pensamientos y la emoción. Pensé en Dios, en los lugares increibles que había conocido, en que cuando era chica me dijeron que no podía correr y que ahora estaba terminando mis primeros 80, en todas las cosas lindas que me habían dicho antes de venir, en el apoyo contante e incondicional de Marcelo & Vero, en que muchas veces los de afuera me tienen más fe de la que me tengo yo, en los dobles turnos, en los entrenamientos con frío bajo la lluvia, en las cuestas de Derecho y AM/PM, en que mis nuevas piernas gordas estilo "maradonianas" sirven, en lo impresionante del espíritu humano. En la suerte que tengo. Cuando me acerco al arco escucho un grito: "Vamos Argentina!" y contesto con toda la fuerza de mis pulmones: "VAAAAAAAAMOOOOOOOOOOS!!!!!!!!!!!!!!!!!".

VAAAAAAAAMOOOOOOOOOOS!!!!!!!!!!!!!!!!!


El post fue impresionante. La adrenalina que tenía hacía que no me doliese nada, me sentía FELIZ, como si realmente fuese a explotar de felicidad. Gaby Castillo sacando fotos. Mi compañero del final de la carrera vino a hablarme, y también la rubia que se me había escapado. Resulta que en algún momento la pasé (no me di cuenta) y llegué media hora antes. Apareció una mujer de Paraná que vive en San Fran, y que estaba fascinada que fuésemos argentinos. La veo a Grace, que había terminado bárbaro sus 50k. Adrián Gluck, como siempre, riendo.
Hacía frío y Sátur tenía hambre (yo arrasé con ´maníes cuando terminé la carrera), así que pasamos a buscar mi mochila, pero todavía no habían llegado las cosas que estaban en el puesto de hidratación de Stinson Beach.
¡Menos mal! De golpe escucho: "Tenemos un podio internacional, de Argentina". No pensé que fuese yo, porque entré 2da en mi categoría y se premiaba sólo el 1er puesto. "Souufsdksahds" (se corta el micrófono). "Soufia Can-¿canchilo?" Nunca en mi vida hice las pasadas tan rápidas como corrí hasta ese podio, al que subí de un salto (re canchera!). Arriba estaba Dean Karnazes, quien me dio mi premio!!!!



No sé cómo pude subir a ese podio corriendo así. Al día siguiente, domingo, no podía moverme, me dolía TODO!!! Hasta músculos que NUNCA me habían dolido después de una carrera, como ser los hombros. Una vez que me sentaba, no podía volver a pararme sin ayuda, por lo que tenía que ir a los baños de discapacitados.
El lunes estaba mejor, podía ir a los baños normales.
El martes quise salir a trotar un rato. A los 46 segundos me volví.
Hoy fui una mujer nueva: pude correr, a velocidad sub-ameba, 40 minutos. Pude subir y bajar escaleras. Pude pararme y empujar las sillas hacia atrás estando senatada.
AHORA QUIERO LA PRÓXIMA!!!!
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